Os dejamos con este impresionante relato de un escritor misterioso, que responde a la firma de “El infanzón de Obanos”…
Esperamos que disfrutéis tanto como lo hemos hecho nosotros leyéndolo y os recordamos que si queréis colaborar con la web, nos podéis enviar lo que queráis a osasunismo@osasunismo.com
La dama de plata iluminaba el velo de la oscuridad, mientras Sancho, Iñigo, Fortún y García reposaban en un claro del bosque, rodeados de imponentes hayedos, protectores para ellos, habituados como estaban a habitar en aquellas majestuosas montañas. Pese a ello, no pudieron evitar que se les erizara el vello al escuchar el ruido de ramas y hojas que algo o alguien provoca al abrirse paso a gran celeridad, los cuatro eran conocedores de los peligros que al cobijo de noche y de la frondosa vegetación acechaban a quienes moraban en ellos. Estaban preparándose para enfrentarse a lo desconocido, cuando aquel ser irrumpió en el claro y antes de que pudieran actuar, cayó al suelo sin sentido. Se acercaron con cautela a él y pudieron comprobar que se trataba de un ser humano, estaba imbuido en un grueso abrigo, su cabeza llevaba un gorro de lana y portaba en su mano derecha una corneta.
- ¿Qué creéis vosotros?-preguntó Sancho dirigiéndose a sus tres compañeros- ¿Será alguien hostil o será amigo?.
- Fácil es comprobarlo –respondió Iñigo– y acercándose al hombre, le abrió el abrigo y vio una blusa roja con una palabra: Osasuna. – Desconozco a que facción pertenece -dijo Iñigo- pero el color y el texto que aparece en su camisa denota claramente que es de los nuestros, ¡es navarro como nosotros!
Habiéndose cerciorado de este extremo, García con la ayuda de Fortún le preparó un suave lecho con ramajes, hojarasca y hierba, y acomodándolo en él, lo cubrieron con su propio abrigo y algunas pieles que ellos mismos tenían. Pasaron varias horas hasta que aquel hombre comenzó a recuperar el conocimiento, durante aquel tiempo, no hacía mas que repetir, en medio de su delirio tres palabras: masacre, Carmelo y Bilbao.
Al abrir los ojos y abandonar los brazos de Morfeo, Luis que así se llamaba, se percató de la presencia de cuatro hombres, todos ellos de tez morena, complexión fuerte y barba castaña. Más no fue esto lo que le llamó la atención, sino sus extraños ropajes, sus vestimentas no eran propias de aquellos tiempos, todos llevaban calzas largas de color rojo, camisas blancas y sobre ellas una ligera cota de mallas, todo ello cubierto por unas pieles de oso; así mismo de sus costados colgaban largas espadas y en sus cabezas portaban cascos metálicos. No sabía si lo que veía era real o se trataba de algún sueño, pues le daba la impresión de que se hallaba en alguna de las películas de Errol Flynn de capa y espada que veía en el Cine Parroquial, no parecían ropajes de 1959. Volvió a cerrar los ojos y al abrirlo siguió viendo a aquellos extraños personajes.
Fue entonces cuando Fortún se percató de ello
- Ha recuperado el sentido –anunció a sus compañeros- Sancho, Iñigo y García acudieron prestos junta a Fortún
- ¿Cómo te encuentras? –preguntó García-
- Muy cansado pero bien –respondió Luis- Gracias por vuestra ayuda pero ¿quiénes sois? –inquirió Luis-.
- Disculpa nuestra falta de caballerosidad –dijo Sancho- debimos presentarnos, me llamó Sancho y estos son mis amigos Iñigo, García y Fortún.
- Yo me llamó Luis y reiteró mi agradecimiento por vuestra ayuda, sin ella me hubiera perdido en la montaña y solo Dios sabe que hubiera sucedido si no os hubieseis hallado en estos montes.
- No tienes nada que agradecernos –dijo Fortún- simplemente hemos ayudado a alguien que se hallaba en apuros. No obstante –comentó Fortún, mientras removía el suelo con un palo- quisiéramos preguntarte una cosa.
- Adelante, lo que queráis –indicó Luis-
- Mientras te hallabas en estado de inconsciencia –prosiguió Fortún- no hacías más que repetir tres palabras como si fuera una letanía: masacre, Carmelo y Bilbao. ¿A qué te referías con ello?
Ninguno de los cuatro, dejo de percibir el ligero escalofrío que recorrió el cuerpo de Luis. Éste respiro hondo, miro a Sancho, García, Iñigo y Fortún y empezó a hablar:
- Había una gran animación en toda la ciudad, gentes venidas de todas las partes de Navarra, tanto de La Ribera como de la Montaña, habían acudido a la capital atraídas por el enfrentamiento que iba a tener lugar en el Campo de San Juan.
Desde la mas temprana hora, nos preparábamos para el ansiado choque, íbamos a afrontar un enemigo complicado, que se hallaba en gran forma, que venía de arrasar tanto a gijoneses como a vigueses, pero pese a esos antecedentes confiábamos en los nuestros, no en balde, llevábamos 32 encuentros sin caer derrotados en San Juan y eso nos hacía impensable lo que sucedería horas después.
El encuentro comenzó con dominio de Osasuna, el Bilbao se encontraba bien replegado y su línea de defensa se dedicaba únicamente a contener las acometidas de los rojillos. Así en esta media hora, tanto Recalde que se demoró creyendo que se encontraba en fuera de juego, como Areta fallaron dos claras ocasiones de gol ante Carmelo, el guardameta del Atlético de Bilbao. Todo discurría como queríamos, con ocasiones y sin que el Bilbao hubiera creado ningún tipo de peligro. Entonces sucedió lo inesperado, un mal despeje de nuestra defensa provocó que metieran el primer gol, casi a renglón seguido un increíble empalme de Mauri hizo el segundo y en pleno desconcierto de nuestros muchachos, el Atlético hizo el tercero, y acabó de esta manera la primera parte.
En el descanso en los corrillos se hablaba de lo visto en el terreno de juego y lo increíble que era que tras la primera media hora que habíamos realizado, estuviéramos perdiendo por tres goles a cero. Todo el mundo ponderaba la efectividad que había tenido el Bilbao, pero había confianza en el equipo ¿no habíamos dominado y creado oportunidades de gol en los primeros treinta minutos? ¡Aún era todo posible!
Así con este espíritu, salimos jugadores y afición, es decir Osasuna, dispuestos a arrollar a los bilbaínos. Al poco de reanudarse el juego Marañón marcó el 1-3, la grada rugió, la algarabía se extendió por todo el Estadio. La unión de todos hacia posible que Osasuna comenzará a soñar.
Aún se estaba comentando el gol de Marañón, cuando vemos que éste, nuestro mejor jugador, se zafa de la defensa bilbaína y se dirige sólo ante Carmelo, era el 2-3 y de esta forma el equipo se iba a meter de lleno en el encuentro, pero de repente todo salto hecho añicos, el Estadio enmudeció, el tiempo pareció detenerse y únicamente se escuchaban los desgarradores gritos de Marañón.
Nunca olvidaremos, los que allí estuvimos, esos gritos, aquellos aullidos de dolor provocados por la espeluznante entrada que Carmelo había hecho a Marañón. Cuando éste se dirigía a meter el segundo gol de Osasuna, Carmelo con el único afán de evitarlo, incrustó el borceguí en el cuerpo de Marañón, fue tal la violencia del golpe que rompió el riñón de Marañón y de ahí los terribles chillidos que salían de la garganta de éste. Pese a la terrible entrada, el árbitro dejó seguir el juego como tal cosa, ni pitó el penalti, ni expulso a Carmelo ¡habrase visto tal desfachatez! De esta forma Carmelo logró un triple triunfo: evitó el gol, dejo fuera juego al mejor jugador de Osasuna, dejando a nuestro equipo únicamente con diez efectivos ¡qué atraso me parece que no se puedan realizar cambios! y con la conveniencia de un Juez parcial permaneció en el terreno de juego.
A partir de ahí, el resto del encuentro se convirtió en un suplicio, el conjunto bilbaíno aprovecho la circunstancia de hallarse en estado de gracia, ante un rival disminuido en efectivos, hundido moralmente por lo acontecido con su mejor jugador, no ya para vencernos en buena lid, sino para aprovechándose de tal cúmulo de desgracias, humillarnos. No perseguía el triunfo sino nuestra masacre deportiva, y de esta forma se paso del posible 2-3 de Marañón al 1-8 final. Al finalizar el encuentro muchos de los ojos de aquellos aficionados rojillos que se hallaban presentes, estaban arrasados por las lágrimas, no de pena, pues como buenos deportistas asumimos que es posible la derrota, sino de rabia por la lesión de Marañón, por la agresión de Carmelo, por la humillación a que nos sometió el Atlético de Bilbao y por la condescendencia del árbitro a las jugadores bilbaínos.
Salí del Campo de San Juan, dando tumbos, totalmente grogui, sin saber a donde ir, quería escapar de ahí y comencé a andar y lo hacía cada vez mas rápido y sentía una fuerte opresión en el estómago y de esta forma comencé a correr, no sé cuanto tiempo lo hice, ni a donde me dirigía, sólo recuerdo haber entrado en una espesa arboleda y seguir corriendo, entonces me he despertado y me he encontrado con vosotros.
Ahora igual entendéis en algo mi desesperación y aquellas palabras que repetía en mi delirio.
La hermosa Luna iluminaba el lugar, mientras Fortún arrojaba unas ramas para que nos se apagara el fuego de la hoguera. Los cuatro habían escuchado con atención la historia de Luis y lo comprendían, conocían la miel de la victoria y la hiel de la derrota, habían navegado por el Estigia y habían vuelto, sabían de sabores y sin sabores, pero sobre todo conocían el alma que latía en estas tierras.
Comprendemos –comenzó a hablar Sancho- tus sentimientos de pena y aflicción, pues también los hemos sufrido en muchas ocasiones. Llevamos mucho tiempo siendo guardianes de esta tierra, sosteniéndola para que no desfallezca y olvide sus orígenes. Cada uno de nosotros, hace mucho tiempo que cuidamos de una parte de Navarra, Iñigo se encarga del norte, Fortún del Este, García del Oeste y yo de la zona Sur. Unos orígenes que se apoyan en un pasado remoto, en un afán de ser libres y regirnos por nuestros Fueros, de no querer imponernos a nadie sino en respetar y ser respetados; por todo ello hemos sufrido múltiples calamidades, hemos sido roídos por todas partes; pero siempre hemos conservado un espíritu valiente, luchador, noble, aguerrido, independiente, humilde para no ser más que nadie pero tampoco menos que ninguno.
Podremos ser vencidos –continuo hablando Sancho- pero no derrotados, la derrota implica algo más profundo, algo que afecta a la esencia de nuestro espíritu, y éste podrá verse alterado, influido por las diferentes opciones que la Historia nos presenta pero el sentido intrínseco del mismo, la lucha por nuestra libertad, ha permanecido inalterado desde tiempos inmemoriales.
Por eso habremos sido vencidos por las fuerzas vizcaínas, pero estate seguro que si apelas a las raíces profundas en que se ancla el ánima navarra, lograremos que esa facción a la que llamas Osasuna, de una lección de humildad desde su grandeza a aquellos que actúan con soberbia.
Luis había escuchado con asombro el discurso de Sancho, cada palabra que salía de aquel extraño personaje, se le había ido clavando en su alma.
-Gracias por vuestras palabras –dijo Luis- habéis conseguido insuflar ánimo a mi interior y sé que no debemos tener miedo a nadie. Ya sé que me habéis dicho vuestros nombres, ¿pero quienes sois? ¿Porqué vestís estas extrañas ropas, más propias del Medievo que del siglo XX?
Iñigo le ofreció un cuenco con agua, mientras le decía: Ya te lo hemos dicho –dijo suavemente Iñigo- somos los guardianes de estas tierras
- Si –insistió Luis- mientras se iba recostando en el lecho de hierba que le habían acondicionado ¿pero quienes sois? y diciendo esto último se quedó profundamente dormido.
Así cuando la Aurora de rosáceos brazos, baño el rostro de Luis este despertó, a su alrededor no había nada. Se hallaba completamente sólo, ¿lo habré soñado? pensó Luis. Entonces al levantarse se percató en un tocón que hallaba semioculto en el que se encontraba grabado la siguiente inscripción “pro libertate patria gens libera state”, su ánimo se enardeció ¡era un mensaje de los guardianes! ¡no había sido un sueño!
Sabía que nadie le iba a creer, pero no le importaba estaba completamente cambiado, no tenía nada con ver con quien un día antes había salido del Campo de San Juan, había recuperado su espíritu navarro y osasunista.
Y comenzó a bajar la montaña, con el pecho henchido y orgulloso. Mientras descendía y sin que Luis se diera cuenta, cuatro rostros le contemplaban, llevaban calzas rojas, camisas blancas, unas ligeras cotas de mallas, cascos metálicos y largas espadas, todos sonreían; sabían que en Luis, como en muchos otros persistía el milenario carácter de este antiguo Reino.